02 junio 2008

Por el Amazonas


Nuestro próximo destino no iba a ser otro que la emblemática ciudad de Manaus y sus alrededores donde teníamos previsto pasar unos días para conocer un poco el excitante entorno del río Amazonas.

Manaos (en portugués Manaus) es una ciudad al noroeste del Brasil y capital del estado de Amazonas,situada cerca de la confluencia del Río Negro con el río Solimoes que forman a su vez,el río Amazonas. El nombre "Manaus" proviene de la tribu indígena de los Manaós, que habitaba la región antes de la llegada de los colonizadores portugueses. En lengua indígena el nombre significa "Madre de Dios".En 1889, Manaos vivió intensamente la denominada Fiebre del caucho.Considerada la ciudad brasileña más desarrollada y la más próspera de la ciudades del mundo,Manaos era la única ciudad del país que contaba con luz eléctrica y un sistema de agua canalizada por caños y alcantarillas. El apogeo del ciclo del Caucho se dio entre los años 1890 y 1920, época en la que la ciudad gozaba de tecnologías que otras ciudades del sur de Brasil aún no tenían, como por ejemplo tranvías eléctricos,avenidas construidas sobre pantanos, edificios imponentes y lujosos, como el Teatro Amazonas,el Palacio de Gobierno, el Mercado Municipal y el predio de la Aduana.Fue conocida como el Paris de los trópicos por su derroche de lujo.
Uno de los mayores atractivos de Manaos es su localización geográfica: una ciudad construida en plena Selva Amazónica. Es posible tener acceso a reservas a pocos kilómetros de la ciudad.Por otro lado, el crecimiento de la ciudad vino acompañado de algunos problemas importantes.Conforme Manaos viene perdiendo su área verde,se resiente gran parte de la biodiversidad propia del Amazonas.
Tiene un clima cálido y húmedo.


Salimos de Manaus, rumbo al Amazonas, a bordo de una pequeña furgoneta que nos acercó hasta el río. Allí tomaríamos un bote que nos llevaría hasta donde se produce el llamado "encuentro de las aguas"
Se trata del punto donde se unifican el río Negro y el Solimoes. Debido a las diferentes características de sus aguas en cuanto a temperatura, velocidad y densidad, éstas no llegan nunca a mezclarse. La curiosa linea de separación entre sus aguas resulta fácilmente visible. Aunque parezca un efecto de sombras, los distintos colores que vemos en la fotografía corresponden a las aguas de los dos ríos. 
Una vez visto el curioso fenómeno seguimos ruta por el río hasta llegar a un poblado donde nos recogerá otra furgoneta que nos llevará hasta un punto donde volveremos a embarcar en otro bote para llegar finalmente hasta nuestro destino final. 
El campamento se reduce a una gran choza de dos pisos sin luz ni agua potable. Hay bastantes hamacas y un par de habitaciones con dos pequeñas camas; nos repartimos como queremos....o mejor dicho, como podemos. 

Hasta la hora de comer aprovechamos para explorar los alrededores de la choza que se convertirá en nuestro hogar durante los próximos días. No tardamos en comprobar que la jungla y el río nos rodea por completo . 
Durante el corto paseo vemos unos pescadores que se acercan con un enorme pescado que acaban de atrapar y que será parte de nuestra cena de hoy. 
Por la tarde seremos nosotros los que saldremos en canoa para tratar de pescar alguna de las numerosísimas especies de peces que pueblan el Amazonas y entre las que se encuentran las temidas y feroces pirañas. 
Tras la agradable jornada de pesca, dejamos que el bote navegue a la deriva para disfrutar de la lenta y mágica transicción del día a la noche. Sólo los melodiosos cánticos de algún ave rompen el silencio sepulcral del momento. 
Pero de pronto y sin previo aviso, con la oscuridad, irrumpen en escena los incómodos mosquitos que atacan sin compasión. 
Está claro que no hay nada perfecto!!! 

El feroz ataque de los mosquitos nos obliga a emprender el camino de vuelta al campamento, antes de lo previsto. Aún así, los orgullosos conductores de nuestras canoas insisten en demostrarnos otra de sus habilidades. 
Con sus focos alumbran las orillas del río en busca de yacarés. Nadie se explica cómo son capaces de verlos pero ellos aseguran que los ojos los delatan, y así consiguen atrapar dos pequeños caimanes que pasan por las manos de todos los que íbamos en la canoa. 
A nuestra llegada al campamento, la noche ya es cerrada y sólo nos queda cenar. Uno de los guías nos lleva hasta la entrada de la cocina donde nos presenta a "María", una hermosa tarántula que corretea por las paredes del local a su antojo. Nos asegura que no es peligrosa y que no nos molestará mientras nosotros no la molestemos a ella. Será mejor que subamos al piso de arriba a dormir..... 
Hace mucho calor y la choza está repleta de enormes bichos que trepan por las paredes y vuelan a nuestro alrededor pero estoy tan cansado que pronto me quedo dormido. 

Ayer vimos atardecer en el río acompañados de millones de mosquitos pero ver amanecer en el Amazonas debe ser un espectáculo que no nos podemos perder, por lo que a las 5.30 estamos ya en pie dispuestos a presenciar otro mágico acontecimiento. 
De nuevo el silencio y la sensación de paz se hacen dueños del momento, mientras el sol comienza a asomar por el lejano horizonte. Siempre son momentos fascinantes pero allí, en medio de la selva amazónica todo parece ser magnánimo. 
Ya con la luz del día visitamos una zona repleta de nenúfares ( victoria regias) antes de volver para desayunar algo ya que aún no hemos comido nada desde que nos levantamos . 
El tranquilo camino de vuelta al campamento mientras las recién estrenadas luces del día despiertan a los habitantes de la selva, nos permiten apreciar el sereno despetar del Amazonas. La única nota discordante, la ponen los gruñidos de nuestros vacíos estómagos que reclaman nuestra atención. 

Tras el desayuno, visitamos la casa de un caboclo, nombre que reciben los habitantes de la zona donde nos encontramos ; allí visitamos las curiosas y típicas construcciones donde viven y nos explican detalladamente la ardua tarea que supone la elaboración de la harina de mandioca. Se esfuerzan en mostrarnos su forma de vida y las herramientas que utilizan en su día a día. También nos muestran orgullosos, sus pequeñas plantaciones donde cultivan numerosas especies de frutas y verduras. 
Las fértiles aguas del Amazonas, repletas de nutrientes, contribuyen a las abundantes cosechas. 
Durante el trayecto nos cruzaremos con familias enteras que se desplazan por la zona de la única manera posible en la época de lluvias : en bote. 
Es fácil imaginar que en un terreno donde no existen las carreteras y apenas hay caminos, el principal medio de transporte son las rústicas embarcaciones con las que se mueven a través del río. Un río que sin lugar a dudas marca el ritmo de sus vidas. 

Volvemos al campamento y tras tomar un refrigerio montamos de nuevo en la canoa con objeto de dar un nuevo paseo por el río para descubrir, en esta ocasión, los igarapés, nombre que dan los habitantes de la zona al bosque inundado. 
Aunque normalmente sólo tienen unos pocos metros de profundidad, en determinadas ocasiones el caudal de los ríos asciende varios metros hasta alcanzar las copas de los árboles. No deja de ser una experiencia más que curiosa ir navegando por el río y a la vez acariciar las ramas de las copas de los árboles. 
Precisamente, la abundancia de agua junto a la espesura de la selva son los dos factores que más dificultan la observación de la rica fauna que puebla este lugar del mundo. 
Pese a todo, sus sonidos regalan nuestros oídos durante todos nuestros paseos. A pesar de que no los podemos ver, los cantos de las aves y los aullidos de los monos dejan bien a las claras dónde nos encontramos. 

Durante nuestra travesía vemos un perezoso que trata de cruzar el río. Nuestro guía no duda en ir en su busca ofreciéndonos la oportunidad de verlo muy de cerca, incluso de tenerlo entre las manos durante unos memorables minutos. No tardamos en devolverlo a su hábitat natural para no estresarlo demasiado y proseguimos nuestra ruta hasta llegar de nuevo al campamento. Tenemos tiempo libre hasta la hora de la comida por lo que me doy una vuelta dentro de lo limitado del terreno explorable y me acerco hasta el embarcadero donde tengo la gran suerte de poder observar muy de cerca un grupo de delfines rosas; me encuentro tan cerca de ellos que oigo perfectamente los chorros de aire que salen enérgicamente expulsados al exterior desde sus pulmones. Lamento no llevar la cámara encima ya que será difícil volver a tenerlos tan cerca pero disfruto del mágico momento como se merece. 
Antes de llegar la noche, nos ofrecen la posibilidad de pasarla en medio de la jungla durmiendo en hamacas. 
Somos tres parejas y a pesar de las iniciales reticencias de un par de integrantes del grupo, logramos convencerlos para que nos acompañen.
Sin apenas tiempo para arrepentirnos, nos montamos en una canoa y tras una hora navegando, llegamos a una plataforma fotante que hace las veces de gasolinera y de tienda para todo. 
Resulta un tanto cómico encontrarte en medio del río Amazonas, sobre una plataforma de escasos metros cuadrados haciendo acopio de provisiones y combustible. No tenemos demasiada suerte con la gasolina ya que apenas cuentan con reservas y no podremos llegar hasta donde pensábamos y nos tendremos que quedar más cerca de lo previsto. 
A pesar de todo, permanecemos expectantes ante la oportunidad de pasar una noche en medio de la jungla. En un principio, no era ésta una actividad prevista a realizar durante nuestros tres días en el Amazonas pero personalmente consideraba que era una experiencia a la que no podía renunciar bajo ningún concepto. 
Si alguien estaba dispuesto a acompañarme, bien pero de lo contrario, lo haría en solitario. 
Estábamos en el Amazonas y había que vivir la experiencia con la máxima intensidad. Y creo que todos lo entendieron así. 

Poco más tarde, atamos la canoa a tierra y bajamos las provisiones y el modesto equipo que llevamos encima, hasta unos metros más al interior de la jungla. Cargar el agua, la comida y el pequeño equipamiento básico para dormir y cocinar lo necesario para subsistir un par de días, nos hace conscientes de la dificultad que implicaría moverse en este terreno durante varias jornadas. 
Afortunadamente no es ésta nuestra intención y no muy lejos de allí encontramos unas básicas instalaciones hechas con troncos y hojas de palmera, que cubren la zona donde pondremos las hamacas por si llueve.
En un momento, preparamos unas rústicas mesas, sillas, las hamacas y nos vamos en busca de leña para hacer fuego. 
Con la hoguera iluminando la noche y el aroma de la cena flotando en el ambiente, una confortable sensación se apodera de todos nosotros. Evidentemente no disponemos de ninguna comodidad pero esa sensación de libertad y de comunión total con la naturaleza siempre suele resultar sumamente gratificante. 

Preparamos la comida que consiste en arroz y unos pollos que han atravesado en unos palos y los han puesto sobre el fuego. 
Todos quedamos maravillados cuando probamos aquel pollo de sabor tan exquisito. De postre comemos un poco de piña. 
Después de cenar, tomamos unas caipirinhas que los guías habían preparado. No la he probado desde el año pasado ya que no tengo buen recuerdo de la terrible resaca que padecí en el Pantanal así que apenas tomo un vasito mientras el resto dá buena cuenta de un par de litros de ese veneno pese a mis advertencias. 
Sobre las 9, la oscuridad es total y entre risas y cánticos nos vamos a la cama....perdón ...hamaca. Los ruidos invaden la selva por la noche...mejor me duermo. 

Cuando amanece compruebo que a pesar de todo he dormido mucho mejor de lo que pensaba aunque me he despertado varias veces y he podido escuchar ruidos y más ruidos alrededor, incluídos los gritos de los monos aulladores que afortunadamente ya conocía, y digo afortunadamente porque ese aullido es verdaderamente sobrecogedor para aquellos que no sepan de qué se trata. 
Eran las 5 cuando una compañera me dice que entre las primeras luces del día, ha visto gente en el campamento; le digo que no es posible que haya nadie por allí pero ella insiste por lo que me levanto para investigar y descubrir que una chica integrante del grupo está vomitando mientras otro le sujeta por la cintura. 
Una pequeña y malévola sonrisa se dibuja en mis labios...yo ya os avisé..... 
Me comentan que han pasado una noche fatal por culpa de ese brebaje que bebieron. 
Tiene gracia... me lo dicen a mí!!! 

Vamos a por más leña para volver a hacer fuego para calentar el desayuno y preparamos un delicioso café, unos ricos huevos revueltos, galletas, pan y un poco de piña mientras los guías nos comentan que han visto un bicho grande merodeando por el campamento durante la noche aunque no han llegado a identificarlo. 
Todos nos miramos sorprendidos ya que nadie ha visto ni oído nada aunque tampoco es extraño dadas las condiciones en que más de uno se metió en su hamaca. 
Pero en fin, tras el desayuno toca paseo por la jungla y la verdad es que nos damos una buena paliza; el calor en el interior de la jungla es asfixiante, el sudor nos empapa y la caipirinha de la noche hace notar sus efectos incluso a uno de nuestros guías que en más de una ocasión se oculta entre la vegetación para vomitar. 
Por el camino encontramos insectos de todos los colores y tamaños, pájaros e incluso cogen una tarántula con la mano para mostrárnosla pero no se dan por satisfechos hasta que consiguen encontrar algo que llevaban rato buscando: la pequeña rana con la que hacen el veneno más mortífero....el curare
Es curioso, han tenido una tarántula en la mano pero ahora no nos dejan ni acercarnos a un bicho tan pequeño como este; dicen que su veneno no tiene antídoto.¡¡¡Una ranita de apenas un centímero!!! 
Ahora sí, deciden volver al campamento. Han sido 4 horas de dura marcha por la jungla durante la cual también nos han dado una interesante clase de botánica.
Entre el calor sofocante, la caminata y la resaca, casi nos bebemos todo el agua que quedaba en el campamento. 


Ahora toca recoger todo y volverlo a cargarlo en la canoa para volver al campamento base. 
Cuando llegamos, todo el mundo había ya comido así que comemos solos y nos damos una ducha de agua fría antes de volver a montar en la canoa para volver a Manaus
Nos podíamos haber evitado la ducha ya que nada más montar en el bote, empieza a caer un auténtico diluvio y acabamos empapados del todo. 
Ya en Manaus y camino al hotel, vemos paseando a un viejo compañero de viaje que habíamos dejado en Manaus a la espera de organizar sus propios planes ya que no tenía muy claro lo que iba a hacer. 
Le decimos al conductor que pare un momento para que pueda subir a la furgo y volver con nosotros al hotel. Pasamos juntos la tarde, contándonos batallitas mientras tomamos algunas cervezas.
Para celebrar el encuentro nos lleva a cenar a un sitio barato que ha conocido y damos buena cuenta de unas hamburguesas con bacon, queso, salchichas, huevo, en fin, un verdadero banquete. 
A eso de las 11 nos despedimos porque el taxi nos espera a los 6 para llevarnos al aeropuerto. A las 23.30 ya estamos allí y nos despedimos ahora de los cuatro catalanes que salen para Bahía a las 3,20. 
Nosotros llevamos otro destino: Fernando de Noronha.

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