09 septiembre 2012

La montaña palentina en bicicleta.


En numerosas ocasiones se me había pasado por la cabeza, una idea que siempre consideré sumamente atractiva e interesante.
La posibilidad de pillar mi renqueante bicicleta de montaña, cargar una pequeña mochila con lo más necesario y partir sin más preparativos comiendo y durmiendo allá donde el tiempo marcara, era una tentación a la que difícilmente me podía resistir.
Cuando un amigo me comentó que estaban preparando una escapada de una semana en bicicleta, no lo dudé. No podía desaprovechar la oportunidad.
El destino elegido era la montaña palentina, un entorno ya conocido por mí pero cuyo recorrido en bicicleta me mostraría una óptica del mismo totalmente diferente.
Nuestro periplo ciclista comenzaría cerca de la localidad palentina de Guardo, concretamente en un pequeño pueblo llamado Villanueva de Arriba.


Para llegar hasta allí haremos uso de un entrañable medio de transporte que sin duda nos hará evocar viejas aventuras de la juventud.
En efecto, el viejo tren de La Robla rescatará de nuestros recuerdos aquellos viajes rodeados de gallinas, conejos y toda clase de productos agrícolas en los que todos bajábamos del tren en plena marcha cuando éste emprendía la ardua tarea de salvar el desnivel que suponía el empinado puerto de El Cabrio. No era necesario correr para evitar perder el convoy.

El Ferrocarril de La Robla que une Bilbao con León, supone a día de hoy con sus 335 km, la línea de vía estrecha más larga de Europa Occidental. Se construyó a finales del siglo XIX con la intención de acercar el carbón extraído en las cuencas mineras de León y Palencia a la importante industria siderúrgica de Vizcaya y a la larga supuso un entrañable medio de transporte para numerosos habitantes de pequeñas localidades leonesas, palentinas, cántabras y burgalesas.

Tardaremos casi 5 horas en recorrer los alrededor de 250km que separan Bilbao de Santibañez de la Peña. Mucho menos tardaron los viajeros más veteranos del vagón, en acercarse a nosotros atraídos por la presencia de nuestras bicicletas; pronto comenzaron a recordar viejos tiempos y a relatarnos aventuras vividas a bordo de este tren dejando bien a las claras que también para ellos, este ferrocarril significaba mucho más que un mero medio de transporte.
En la pequeña estación de Santibañez nos esperaba mi amigo Fernado y su hijo Iñaki. Sería este último, el encargado de hacer de guía por los sinuosos caminos de tierra que nos acercarían hasta Villanueva de Arriba, ya a lomos de nuestras bicicletas. 
El motivo por el que decidimos comenzar aquí nuestra aventura, no era otro que aprovechar la circustancia para pasar un rato con mi viejo amigo de la infancia y quedarnos a dormir en su preciosa y cuidada casa rural: La Majada Palentina


Si bien la casa está localizada en una zona ideal para conocer la montaña palentina, en mi opinión resulta mucho más atractivo el trato ofrecido por sus propietarios que no dudarán en esforzarse al máximo para tratar de satisfacer todas las necesidades de sus huéspedes. Todo ello es resultado de disfrutar de un trabajo que te gusta; y desde luego, os puedo asegurar que Fernando disfruta haciendo disfrutar.
En su casa no os faltarán consejos para conocer la zona, aprovechar al máximo todo su potencial y recordar viejos sabores ya olvidados como el de la auténtica leche de vaca recién ordeñada, incluso ordeñada por uno mismo si os atrae la idea.
Nuestra aventura no podía empezar mejor, grata compañía, casa acogedora, lugar apacible y por si faltara algo, el amigo Fernando nos sorprendía con un magnífico cordero asado en horno de leña y regado con excelente vino según él, para reunir las fuerzas necesarias para los próximos días.


Al día siguiente y tras un potente desayuno, nos despedimos de las comodidades y comilonas para adentrarnos en estrechas y empinadas carreteras de montaña.
Una breve parada en Guardo para comprar frutos secos y bebida dio paso a la aventura.
Durante los próximos días disfrutaremos de la calma de los minúsculos pueblos que atravesaremos en medio de idílicos paisajes. Extensos embalses nos acompañarán habitualmente en nuestras rutas y las fuentes se convertirán en pequeños oasis de nuestras travesías.


 















Demasiado a menudo, las carreteras se empeñaban en ascender para demostrar la debilidad de mis maltrechas piernas pero cuando el tiempo no se convierte en enemigo sino más bien en cómplice de aventuras, no suponía mayor problema.
Cuando no se podía seguir pedaleando, se paraba; no había prisa, se trataba de disfrutar el momento, no de llegar a tiempo. Más bien, siempre se llegaba a tiempo.

A pesar de que me gusta la bicicleta y me hago mis pequeñas rutas siempre que puedo, mi forma física no es excelente y la fortaleza de mis piernas más bien brilla por su ausencia. Es por ello que animo a la gente a no desmoralizarse por ello y embarcarse en una aventura de éstas al menos una vez en la vida. 
Seguramente no será la última.
Durante nuestro lento discurrir, fueron desfilando localidades como Velilla, el embalse de Compuerto, Camporredondo, Cardaño de Arriba,Triollo, La Lastra,embalse de Cervera, Cervera, Mudá, San Cebrián de Mudá, Barruelo de Santullán, Brañosera, Aguilar de Campoo…….



Nuestra idea era volver a coger el tren de La Robla para regresar a Bilbao pero tras varios días recorriendo los intrincados recovecos de la montaña, nos planteamos la idea de volver poco a poco hasta Bilbao en bicicleta.
Desde Aguilar contemplamos la posibilidad de acercarnos hasta la bella localidad de Orbaneja del Castillo y tras dormir en una cabaña en el cámping de Polientes nos dirigimos al día siguiente hasta Pesquera de Ebro para admirar los impresionantes cañones del Ebro.
También es cierto que las duras rampas del puerto de la eme, nos hicieron sudar de lo lindo. Cuando llegamos al siguiente pueblo exhaustos y entramos al bar para reponer líquidos, los allí presentes se negaban a creer que habíamos subido en bicicleta con las alforjas y las tiendas encima.


 













Villarcayo sería nuestro última parada y tras plantar nuestras tiendas de campaña, nos dimos un reconfortante baño en la piscina que nos devolvió a la vida. 
Realmente no hay mejor manera de relajar los ya entumecidos músculos de nuestras piernas.
La última etapa nos haría disfrutar del descenso de Peña Angulo antes de llegar a Artzeniega ya en tierras vizcaínas. Se podía decir que ya estábamos en casa y energías renovadas parecían despejar el cansancio acumulado durante los últimos días..

Entramos en Bilbao, orgullosos de haberlo conseguido. Llegamos a lomos de nuestra inseparable compañera durante la última semana, sin percances graves y tras haber disfrutado de algo que desgraciadamente no suele ser habitual en los viajes: el tiempo.
Y es que en efecto, en esta ocasión las prisas faltaron a la cita. Disfrutamos cada segundo con los imponentes paisajes, parábamos cuando nos cansábamos, comíamos cuando nos entraba hambre y compartimos infinidad de charlas con todos aquellos que se nos acercaban interesándose por nuestra aventura.
En definitiva, una experiencia sumamente positiva y que recomiendo fervientemente a todo aquel que reúna una mínima forma física y disponga de ilusión por disfrutar de una forma distinta y apasionante de viajar.

2 comentarios :

Antonio Ruiz dijo...

Hola ciclista!!!

Si es que stás hecho un deportista nato a tu edad...

De la mosntaña palentina conozco Los Ancares. Estuvimos en 2004 de ruta por la monataña, pero a patitas. Fue una experiencia fantástica.

Te espero por aquí abajo para hacer algunas rutas ciclistas.

Abrazos.

aitor dijo...

ja,ja,ja,creo que ya no estoy para estos trotes y menos últimamente.
Hace ya unos añitos de esta aventurilla y la recuerdo con mucho cariño.

Los Ancares quedan bastante más al oeste,casi ya en Galizia y esa zona la tengo pendiente.

Mantente en forma porque no vas a poder seguirme ni en moto ;-))

Abrazos para tod@s!!!