15 mayo 2013

Bale Mountains National Park.

 

Cuando llegamos al Bale Goba Wabishebele hotel, estaba atardeciendo. Tras el papeleo de rigor y el reparto de habitaciones, quedamos a las 19,30 en el restaurante para cenar y aprovechamos para elegir el desayuno y el picnic de mañana para intentar perder el mínimo tiempo posible. Ya hemos tenido oportunidad de comprobar que estas pequeñas cuestiones, llevan su tiempo en Etiopía. Y mañana queremos salir cuanto antes. 
Nos llama la atención el gran número de personas que se acomodan frente al televisor mientras cenamos y no tardamos en averiguar que la selección del país juega el campeonato de fútbol africano contra Burkina Faso.
Es una oportunidad que no podemos dejar pasar por lo que nos arrimamos y rápidamente nos hacen un hueco para ver el partido. Es increíble la afición que existe por el fútbol y no tardamos en ser unos hinchas más animando a Etiopía. Desgraciadamente, perdemos 4-0. Todos a la cama. 
Al día siguiente temprano ya estamos en marcha, dirección al Bale Mountains National Park. Apenas comenzamos a ascender, hacemos una pequeña parada para hacer un corto pajareo, aprovechando que nos encontramos en una zona con vegetación muy distinta a la que nos espera arriba, a más de 4.000 metros.



 
Tras una rápida vueltecilla, continuamos la ruta parando ocasionalmente para ver distintas especies de aves y un meloncillo que se cruza delante del primer coche.
Los atrevidos rascones observan desde la orilla de la pista, nuestro paso.  


 
Rondábamos ya los 4,000 metros cuando descendemos de los coches para recorrer unas pequeñas lagunas que se encuentran cercanas a la pista. Es justo en ese momento cuando soy consciente de que la altitud comienza a hacerse notar y cualquier ejercicio físico me ocasiona un cansancio desmesurado.



Nuestro guía, Elías, nos ha dicho que comeremos en el campamento Sanetti pero pretende que recorramos andando los dos kilómetros que separan el campamento de donde nos encontramos ya que es una zona muy buena para intentar ver el lobo etíope (Canis simensis).
Este cánido es uno de los más amenazados del planeta ya que su población se estima que no llega a los 600 ejemplares.
Existen dos grupos aislados en Etiopía, la población de las montañas del noroeste y la de las montañas del sureste, donde nos encontramos, siempre por encima de los 3000 metros. 
De pelaje anaranjado y con un peso que puede alcanzar los 20 kg en el caso de machos adultos, su dieta se limita casi en su totalidad a las enormes y abundantes ratas-topo que habitan en la zona.

Comenzamos la caminata cargados con cámaras, prismáticos y telescopios con la esperanza de poder localizar algún ejemplar de esta especie tan escasa y peculiar.
El cansancio se hace notar y cualquier ascensión, por pequeña que sea, nos obliga a tomar aire profundamente pero pronto nuestro esfuerzo se ve recompensado cuando un compañero localiza gracias a su telescopio, un precioso ejemplar tumbado en la lejanía.
Hay que reconocer que no es difícil localizarlos gracias a su color tan característico que destaca sobremanera en una vegetación monocolor.
Nos permite acercarnos relativamente hasta que decide alejarse perdiéndose al otro lado de la colina. 
Objetivo cumplido!!!

Felices, llegamos al campamento donde comemos el almuerzo que nos han preparado además del jamón y el queso que algunos buenos previsores han llevado.
Pero con lo que no contábamos, era con el inesperado postre que nos esperaba….frente a nosotros cruzarían dos lobos más, aparentemente no muy preocupados por nuestra presencia.  



 
















Las enormes ratas-topo tampoco faltaron a la cita y no tardamos en entender porqué son el principal alimento de los lobos ya que están por todos lados.
Con suma cautela, salen de sus madrigueras no sin antes cerciorarse de la ausencia de depredadores. Sopla un viento helado por lo que decido moverme un poco a lo largo de las pequeñas colinas cercanas.        

  
El paseo vuelve a sorprenderme con el hallazgo de otros 6 ejemplares de lobo por lo que vuelvo con el resto del grupo para advertirles de su presencia e intentar acercarnos un poco a ellos. Una pareja de lobos se dirige directamente hacia donde estamos y optamos por quedarnos quietos a la espera de su reacción que sorprendentemente no es otra que la de acercarse hasta unos 15 metros de donde nos encontramos. Una auténtica gozada poder verlos tan cerca!!

Nuestro próximo objetivo es ascender al pico más alto de la zona, el Tulli Deemtu con sus 4377 metros. Por supuesto lo haremos por carretera, la carretera más alta de Africa según nos dice Elías.
Las vistas son espectaculares y el paisaje no debe ser muy distinto al que nos podría ofrecer nuestra vecina luna. Respirar aquí deja de ser una tarea inconsciente y rutinaria. 




Una preciosa lobelia en flor pone punto final al recorrido antes de emprender el camino de vuelta durante el que aún veremos varios lobos más, unos solitarios y otros en grupo. 


Tenemos la gran suerte de ver cómo un grupo de cuatro lobos captura una rata-topo y la devoran entre todos.
Tras permanecer escarbando durante largos minutos, uno de ellos consiguió capturarla con su largo hocico.
Un ejemplar aullando desconsoladamente sin que acertáramos a adivinar sus motivos, sería el último y más cercano que veríamos ese día , antes de abandonar este asombroso paraje lunar.


 

Tras llegar y atravesar Goba, un pueblo que no parece ofrecer ningún aliciente, llegamos a nuestro hotel donde cenaremos a las 20 h, antes de irnos a dormir.
He pasado frío ahí arriba pero curiosamente me he quemado la cara a pesar de haberme protegido la piel con cremas solares. Es evidente que no lo hice suficientemente.
Al día siguiente volveremos a ascender al parque pero en esta ocasión, para visitar el bosque de Harenna que se encuentra en la otra vertiente de la montaña.


Los lobos vuelven a hacer aparición y también observamos unos antílopes nuevos en unas rocas cercanas, el Klipspringer ( Oreotragus oreotragus).
Es asombroso el cambio radical que presenta la montaña cuando cambiamos de vertiente. Las desoladoras estepas castigadas por el frío y el viento, sin apenas vegetación, dan paso a frondosos bosques que forman auténticas junglas sin fin.

Atravesamos un pequeño pueblo antes de hacer varias paradas para hacer pajareos por la zona. A nuestra llegada vemos bastantes surimangas, turacos, calaos, cuervos, colobos, etc pero a medida que el sol calienta, la actividad disminuye considerablemente.
Pasamos el día haciendo recorridos a orillas de la carretera y alguna incursión en el denso bosque aunque la frondosidad impide ver demasiadas cosas. Además abunda una planta cuyos pinchos producen un intenso escozor al rozarte con ella por lo que decidimos poner fin a nuestra aventura en la jungla.
Un damán atropellado es lo último que vemos antes de comer nuestro picnic en un descampado cercano.Tras la comida hacemos un último recorrido a pie por los alrededores antes de montar en los vehículos para emprender elcamino de regreso. 













Esperábamos volver a ver más lobos al coronar de nuevo la montaña pero en esta ocasión no hacen acto de presencia y sólo somos sorprendidos por un precioso quebrantahuesos que planea a escasa altura sobre nuestras cabezas.
Salimos todos de nuestros coches para admirar con más detalle el precioso ejemplar pero éste no tarda en alzar su vuelo y desaparecer lentamente en el horizonte.
Ya está atardeciendo, es hora de despedirnos de este agreste pero cautivador hábitat y regresar a nuestro hotel en Goba donde pasaremos nuestra última noche antes de partir mañana hacia Wondo Genet.

 

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