25 noviembre 2013

Ulan Bator, una capital de contrastes. MONGOLIA.


Ulán Bator es una de esas típicas capitales pertenecientes a los mal llamados países en vías de desarrollo que puedes encontrar a lo largo de tantos puntos del planeta. Ciudad de contrastes, la capital mongola ha atraído hacia sí, casi la mitad de la población total del país. Como suele suceder en estos casos, multitud de personas se acercan a la ciudad huyendo de las duras condiciones que conlleva la vida nómada, en busca de oportunidades que mejoren sus condiciones de vida. Desafortunadamente, esto sucede en escasas ocasiones.






Ubicada a una altitud de 1350 metros, rodeada por las montañas Bogd Khan Uul, Songino Khairkhan, Chingeltei y Bayanzurkh y bañada por las aguas del río Tuul, ofrece cobijo en modernos edificios a sus habitantes más afortunados mientras el resto viven hacinados en atestadas y masificadas zonas  repletas de yurtas que se acumulan principalmente en su periferia.
La plaza Sukhbaatar se erige como el centro de la ciudad y muestra su cara más moderna. 

En la cultura mongola tan llena de simbolismos, acontecimientos tan banales como el hecho de orinar un caballo, pueden convertirse en algo revelador y sumamente trascendente. 
Una estatua de Damdin Sukhbaatar domina la plaza más importante de la ciudad. Y todo porque el caballo del auténtico artífice de la actual Mongolia, decidió un buen día, durante una reunión del ejército rojo, orinar en ese punto; todo un signo de buen augurio en la fascinante simbología mongola. 






Pero si hay algo que marca decisivamente la vida de sus habitantes, son las temperaturas extremas que se alcanzan durante su crudo invierno. Y es que soportar -50ºC  es algo difícilmente compatible con la vida.
Estas temperaturas y la caída del comunismo, que supuso la paralización de las ayudas económicas a los más necesitados, conformaron el cóctel perfecto para el surgimiento del gran drama nacional y auténtica vergüenza mundial: “los niños-rata”.
Estos niños, hijos de la pobreza y la miseria y abandonados por sus progenitores por la falta de recursos, se ven obligados a vivir en las alcantarillas de la ciudad buscando tuberías de agua caliente a las que abrazarse para poder seguir viviendo o quizás debería decir malviviendo. Allí viven, se reproducen y mueren para vergüenza del mundo moderno.
Con esporádicas escapadas al exterior en busca de comida o de un puñado de monedas por realizar pequeños trabajos o prostituirse, su vida gira en torno a la suciedad, la oscuridad y la humedad del miserable entorno en el que se mueven. La pandilla se convertirá en su única familia y medio de protección.
Una triste y dura realidad difícil de asimilar en pleno siglo XXI.






No pasamos demasiado tiempo recorriendo las calles de la capital y nos limitamos a visitar la Plaza de Sukhbaatar y los alrededores de nuestro hotel en busca de algún sitio donde poder tomar alguna cerveza y comer algo distinto a lo de los últimos días.
No es difícil encontrar restaurantes locales de todos los niveles para comer aceptablemente pero si quereís comer buena carne a un precio asequible en un buen restaurante, me atrevería a recomendar el Caucasian. Por unos 20€, comimos la mejor carne de vaca de todo el viaje.





En lo que a alojamientos respecta,sólo conocimos el Hotel Mandukhai, un garito un tanto lúgubre, únicamente recomendable para mochileros no demasiado exigentes que sólo buscan un sitio barato para dormir.
Por último, quisiera hacer especial hincapié en la conveniencia de extremar las precauciones para evitar robos en la calle. Por primera vez, alguna vez tenía que ser, intentaron robarme del interior de mi mochila a plena luz del día y en la calle principal de la ciudad. 
Apenas era un crío y mostraba claros signos de embriaguez. 
Son las tristes e inevitables consecuencias de la miseria…..
Llegaba el final del viaje y lamentamos profundamente no haber podido compartir unos momentos con un cooperante vasco que se encuentra viviendo en Mongolia y con el que mantuvimos contacto a través de Internet. 
Hace meses que partió en una ambulancia llena de juguetes hacia Mongolia y aún permanecía en el país realizando labores humanitarias.
Habíamos reunido una buena cantidad de medicamentos y ropa para dejarle en persona pero finalmente tuvimos que dejárselo en un punto convenido para que él se encargara de su recogida y posterior distribución entre los más necesitados.
Era la hora de la retirada. 
Apenas unas horas más tarde, a las 4,30 de la madrugada, nuestras furgonetas nos recogerían para acercarnos hasta el aeropuerto donde tomaríamos un avión hasta Moscú para desde allí, volver a casa.
Un Ulan Bator aún dormido con sus carreteras todavía desiertas, nos permitieron evitar en esta ocasión los monumentales atascos de tráfico y llegar al aeropuerto en apenas media hora.




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