06 febrero 2014

Saly, no sólo playas. Senegal.


La pequeña localidad de Saly, antigua colonia portuguesa, se ha convertido en un conglomerado de complejos turísticos, hoteles, restaurantes y otros establecimientos enfocados claramente hacia el turismo.
Durante nuestra estancia, a finales del siglo pasado, comenzaba a recibir turistas de todas nacionalidades y no solamente franceses como había ocurrido hasta esas fechas.
El acceso a los hoteles y complejos, está restringido a los locales por lo que la única relación que tendrás en estos lugares con la población autóctona, se verá reducido a los que allí trabajan.


Mi concepto de viajar, no casa demasiado con estas normas así que apenas llegué a mi hotel, decidí que iba a pasar poco tiempo allí.
Por supuesto, las primeras advertencias por parte de la dirección del hotel, nos avisaban de la peligrosidad de abandonar los límites del mismo.
Allí dentro estábamos totalmente seguros; de lo que nos pudiera ocurrir fuera, no se hacían responsables…
La habitación era bastante aceptable y disponía de una tranquila terraza con vistas a los cuidados jardines del hotel.



 



 







Lo primero que hice, una vez instalado en mi habitación, fue salir al cercano pueblo para recorrer sus tranquilas calles y sus coloridos mercados locales.
Ante mi sorpresa, no tardé en encontrarme con unos chicos (Karim y Mamadou) que hablaban castellano.
Evidentemente, buscaban ganarse unas pesetas a cuenta del turista pero de una forma totalmente honesta y siempre luciendo una enorme sonrisa.
Sin darnos cuenta, nos encontramos hablando de fútbol, deporte que levanta auténticas pasiones, y de otros temas más o menos intranscendentes.
Como estaba buscando un sitio para comer, me llevaron a un pequeño garito de un amigo suyo donde comí excelentemente por muy poco dinero. Me comentaron que ellos organizaban cenas a orillas del mar a base de langosta, langostinos y pescado fresco a unos precios que nada tenían que ver con los de los hoteles turísticos.
Como no podía ser de otra forma, esa misma noche, Karim vino a buscarme al hotel para llevarnos a mí y a mi pareja, a cenar.
Salimos de la zona acotada de la playa turística para alejarnos hasta la que frecuentaban los senegaleses y nos llevaron a una rústica construcción cubierta de paja y con una parrilla ya repleta de brasas.
Allí nos esperaba Mamadou que nos enseñaba sonriente dos langostas vivas y una bolsa repleta de langostinos. Todo, incluído el pescado final, estaba exquisito.
Ni que decir tiene, que no fue mi única cena en su txiringuito; incluso en alguna ocasión acudí con gente del hotel que se mostraba reticente en un principio.
Al final de las cenas, un grupo de amigos de Karim tocaban sus tambores alrededor de una hoguera en la playa, poniendo el broche final a las maravillosas noches senegalesas.


De esta forma, Karim y Mamadou se convirtieron en mis mejores aliados y gracias a ellos fui descubriendo los tesoros que escondía aquella zona.
Lo mismo manteníamos discusiones futbolísticas, que compartía jornadas de pesca con un viejo pescador amigo de ellos o me llevaban a conocer el pintoresco puerto pesquero de Mbour.
Las anécdotas se sucedían día tras día y nunca olvidaré el día que estando comiendo en su garito playero, decenas de niños bajaron desde el pueblo para pedirme un autógrafo.
Yo le había comentado a Karim, que era del Athletic, haciendo referencia a que era aficionado al equipo de fútbol pero él había entendido que era jugador del Athletic (equipo entrenado en esa época por el francés Luis Fernández, famoso en la zona). Le faltó tiempo para comentarlo en el pueblo y a mí me resultó imposible arreglar el entuerto; no me quedó más remedio que firmar decenas de papelitos ante las caras de felicidad de todos los niños.
Más tarde fui consciente de que no sólo los niños sabían de mi existencia sino que los más mayores que todos los días jugaban al fútbol durante horas en la playa, me sonreían pícaramente a la vez que me invitaban a participar en sus partidos.
En vaya lío me habían metido!!!!

Las jornadas pesqueras en una pequeña canoa, acompañado por un viejo pescador de la zona, tampoco se me olvidarán fácilmente. Acostumbrado a ir de pesca en mi tierra con mi caña y volver casi siempre de vacío, fue un auténtico placer atrapar tantas piezas y tan variadas sin tener tiempo para el aburrimiento. Impresionaban, sobre todo, los peces globo que se hinchaban al sacarlos del agua y emitían una especie de ladrido intimidatorio.
Una vez en la playa, repartíamos el pescado entre los niños y dábamos su ración al entrañable pelícano que diariamente visitaba nuestra piscina provocando la ira del personal del hotel y de algún turista un poco histérico.



 


 













 

También fue impactante la visita al pueblo de Mbour donde visitamos su increíble puerto pesquero.
Al atardecer, los pescadores locales llegaban en sus embarcaciones a una playa repleta de gente y donde se acumulaba la basura generada por la limpieza del pescado. Mientras unos corrían con cajas llenas de pescados y mariscos hacia los camiones frigoríficos, otros secaban el pescado al sol en rudimentarios tenderetes construídos sobre la arena.
Como podreís imaginar, el olor que se respiraba en aquella playa no era apta para todos los públicos.  
Y por supuesto, aquello no tenía nada que ver con lo que yo entendía por un puerto pesquero. Más bien parecía un mercadillo de pescado.



 
Así fueron discurriendo mis últimos días en el país, descubriendo bellos rincones y compartiendo momentos memorables con los senegaleses.
Apenas permanecí en mi hotel si no era para darme un chapuzón al atardecer en la piscina y tumbarme un rato para descansar de todos los ajetreos vividos durante el día.
 


Yo pensaba que había pasado desapercibido para el personal del hotel ya que nunca participé en ninguna actividad pero el último día, antes de mi partida, un empleado local me confesó tímidamente que todos me conocían por un mote en su lengua wolof que venía a significar “el blanco que nunca corre”.
Las carcajadas de todos los allí presentes y los sinceros abrazos de despedida pusieron punto final al que supuso un entrañable e inolvidable viaje por tierras senegalesas.
Mi primera incursión por el Africa Negra no podía haber resultado mejor.



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