22 agosto 2016

Las Mujeres Jirafa. Mae Hong Song.

Durante nuestro primer gran viaje de este siglo, allá por el 2001, tuvimos la oportunidad de visitar la famosa tribu de las mujeres padaung, más conocidas como las "mujeres jirafa".
Nos encontrábamos en el norte del país, más concretamente en Chiang Mai, cuando nos plantearon la posibilidad de acercarnos hasta Mae Hong Song desde donde podríamos acercarnos hasta un asentamiento de la tribu Karen, una de las minorías étnicas tibeto-birmanas, localizado muy cerca de la frontera con Birmania.


Por entonces nos ofrecieron dos posibilidades para hacerlo, o bien por vía terrestre a través de una pista de barro que a veces se volvía impracticable a causa de las lluvias o bien vía aérea en un vuelo de apenas media hora.
Llevábamos ya varios días en el país y habíamos recorrido muchos cientos de kilómetros a través de sus terribles carreteras así que la idea de permanecer 5 horas a bordo de un todoterreno botando sin piedad por una pista de barro, no nos sedujo en absoluto. Además tras la visita nos aguardarían otras 5 horas de vuelta siempre que las lluvias no nos obligaran a cambiar de planes. 
Definitivamente lo haríamos en un pequeño avión de hélices que según nos comentaron más tarde, en más de una ocasión no puede aterrizar si las condiciones climatológicas se vuelven desfavorables. Más tarde lo entenderíamos...

Desconozco si en la actualidad tanto la carretera como las pistas aereoportuarias habrán mejorado pero lo cierto es que el desplazamiento hasta Mae Hong Song y más tarde hasta el poblado Karen resultaron toda una aventura.
Volar siempre me ha provocado inquietud pero cuando montamos en aquel pequeño avión de hélices, el primero que tomaba en mi vida, un escalofrío recorrió mi espalda a la vez que el eterno pensamiento mil veces padecido volvía de nuevo a mi mente: quien me habrá mandado...
Apenas despegamos, la pequeña villa de Chiang Mai desapareció de la vista devorada por la jungla que nos rodeaba. Durante los aproximadamente 30 minutos que duró el vuelo no vimos otra cosa que no fuera la infinita jungla tapizada de un verde intenso que no dejaba ver nada más allá de las copas de sus gigantescos árboles. De pronto el pequeño avión comenzó a hacer círculos perdiendo altura poco a poco mientras yo me preguntaba cual sería la razón. Cuando habíamos bajado una altura considerable me pareció vislumbrar una pequeña pista de unos cientos de metros en medio de una jungla sin fin. No podía ser, era imposible aterrizar allí.
Pero sí, fue posible aunque la experiencia no se puede decir que fuera muy grata. El avioncillo se lanzó prácticamente en picado para poder tomar tierra en aquella pequeña lengua de tierra y en su descenso, los golpes, saltos y sensaciones provocaron que gran parte de los pasajeros acabaran inevitablemente vomitando. Fueron sólo unos minutos pero la mezcla de miedo, sonidos y olores se hicieron dueños absolutos de la cabina.

Por fin tomamos tierra y nos acercamos hasta dos templos birmanos cercanos antes de dirigirnos a nuestro hotel, situado a las afueras del pueblo. Tras una ducha reparadora, salimos hacia el pueblo hasta encontrar un sitio para cenar donde pedimos algunas delicias thais: arroz frito con gambas, pollo envuelto en hojas de palmera, arroz blanco y ternera con hierbabuena. Todo está muy bueno y aguno incluso se come las hojas que envolvían el pollo ante el asombro del camarero.

Hace una noche buenísima y nos quedamos en el hotel hasta las 12 tomando un combinado de ron.


A las 7 hemos quedado para salir hacia el poblado de las mujeres padaung y tras una breve parada en el mercado local, montamos en una camioneta rumbo a nuestro destino. Nuestro conductor nos avisa de que una vez más, nuestro recorrido estará sujeto a las condiciones climatológicas ya que si ha llovido en la zona , los dos últimos kilómetros los deberemos hacer andando e incluso podría darse el caso de que no pudiéramos llegar si los ríos están demasiado crecidos.
Cruzamos los dedos mientras atravesamos junglas y ríos.


Afortunadamente conseguimos llegar hasta un pequeño claro en la jungla donde la tribu de origen birmano se ha establecido.
Realmente el entorno resulta espectacular, nos encontramos inmersos en plena jungla pero no tardaremos en comprobar en lo que se está convirtiendo todo aquello. 
Numerosos puestecillos donde se vendían tejidos bordados y numerosos productos artesanales, se amontonan al borde del camino que conduce al poblado. Al frente de cada puesto se encuentra una mujer adornada con los típicos aros de bronce en su cuello y curiosamente parece que cada una domina una lengua diferente. 
Cada turista se detiene en un puesto distinto, dependiendo de su nacionalidad o mejor dicho de su lengua ya que cada mujer habla un idioma diferente. Sería precisamente aquí, en este recóndito rincón perdido en medio de la jungla, el único lugar donde oí hablar en castellano a la gente local. Curioso...


No voy a entrar demasiado en el origen de esta tradición que parece perderse en el origen de los tiempos y donde leyendas, mitos y costumbres entremezclan reiteradamente sus caminos dificultando en gran medida distinguir entre lo estrictamente real y lo que obedece a la más pura fantasía.
Lo que sí recuerdo es que nuestro conductor nos aseguró que esta tradición estaba reservada exclusivamente a las niñas nacidas en miércoles de luna llena pero que en la actualidad se le practicaba a casi todas las niñas debido al gran número de turistas que se acercaban hasta allí para verlas y que suponían unos importantes ingresos a la comunidad.

Quizás por ello mucha gente piensa que todo ésto se ha convertido en un circo de muy dudoso gusto.


Personalmente, disfruté más con el bello paisaje en el que me encontraba y viendo jugar a los niños con sus curiosos e improvisados juguetes que con las propias mujeres padaung atrapadas en una perversa encrucijada donde tradiciones e intereses se entrecruzan de manera irrefutable

Mi visita me llevó a perderme entre el poblado hasta llegar a sus límites con la selva donde un sendero se adentraba en una jungla repleta de cigarras cuyo ensordecedor canto parecía advertirte de los peligros que entrañaba sumergirte en un terreno desconocido. 
Realmente imponía adentrarte en aquel salvaje territorio.




Mientras tanto, los niños del poblado disfrutaban corriendo detrás de unos enormes escarabajos alados que mantenían sujetos a través de un hilo que ataban hábilmente a su abdomen permitiendo que éstos volaran sin problemas.
Enormes mariposas de todos los colores imaginables fueron las encargadas de despedirnos de este poblado Karen tras permanecer toda la mañana realizando una visita que en la actualidad levanta una gran controversia donde defensores y detractores del espectáculo pugnan por hacer valer sus razones.

Que cada uno saque sus propias conclusiones....

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