12 septiembre 2016

Muxía. Costa da Morte.

Durante nuestro paso por A Coruña, nos acercamos a conocer una pequeña pero bella localidad costera, ubicada en la conocida Costa da Morte.
Conocida antiguamente como el fin del mundo, ya que se desconocía la existencia de tierras habitadas más al occidente de este punto, esta pequeña localidad gallega atrae a gran número de visitantes.
Envuelta en el característico halo de misterio que rodea esta zona, Muxía nos recibió con una atmósfera un tanto fantasmal, fiel reflejo de la dura batalla vivida en sus calles durante las recientes horas pasadas.

No tardamos en deducir que ribeiros, orujos y demás licores espirituales habían sido los indiscutibles protagonistas del lugar hasta poco antes de llegar nosotros.
Efectivamente, pronto nos confirmaron que ayer domingo se celebró la romería de Nosa Señora da Barca, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional y una de las romerías más concurridas de la Costa da Morte y de las más afamadas de Galicia.
Desgraciadamente habíamos llegado con un día de retraso...

Queríamos aprovechar la jornada para visitar otros lugares cercanos así que tras aparcar nuestro coche en el puerto y visitar tranquilamente su paseo marítimo, nos dirigimos hasta  el mirador de A Cruz, al lado de la playa del mismo nombre.
Acto seguido atravesamos la calle Virxe da Barca donde fuimos testigos de unas calles aún adornadas con redes que cubrían el pueblo a modo de original ornamento. 



El camino discurría paralelo a la ría de Muxía y nos permitía ver al otro lado, la costa de Camariñas. No tardamos tampoco en toparnos con un secadero de congrios aunque en el momento de nuestra visita, no estaban colgados en los característicos palos cruzados que reciben el nombre de cabrias. Estas estructuras son las únicas de España que permanecen en funcionamiento actualmente y su método de producción es totalmente artesanal.

No mucho más adelante, donde la tierra firme se funde con el mar Atlántico, encontramos el Santuario de Nosa Señora da Barca y sus legendarias piedras a las que todos los lugareños le confieren mágicos poderes.  
La Pedra de Abalar, la Pedra dos Cadrís y la Pedra del Timón son de sobra conocidas por la arraigada tradición mariana que inunda la zona.
El faro y la escultura A Ferida, diseñada por Alberto Bañuelos-Fournier como recuerdo a la catástrofe del Prestige, completan la estampa de un lugar maravilloso.




Desde allí nos dirigimos al mirador del Corpiño desde donde se divisa la minúscula península sobre la que nos encontramos y que ofrece una panorámica inigualable del pueblo de Muxía. Amenazado a ambos lados por el mar Atlántico, Muxía se esfuerza por sobrevivir a las bravas y frías aguas que, a la vez, le dan la vida.






Ya sólo quedaba desandar nuestros pasos y completar una ruta circular que nos llevaba de nuevo hasta un pueblo que comenzaba a desperezarse tras sufrir los duros embates de una fiesta que había dejado una profunda mella en los rostros de los locales que comenzaban a dejarse ver por las castigadas calles del pueblo.

Pero nosotros, por suerte o por desgracia, no éramos partícipes de la resaca colectiva que parecía afectar a todos los allí presentes así que tras el paseo mañanero, era hora de probar las excelencias gastronómicas del lugar y qué mejor sitio que uno de los numerosos restaurantes que se arremolinan a orillas del mar para comprobarlo.
Nos sentamos en una mesa en la calle aprovechando que unos tímidos pero agradables rayos de sol comenzaban a templar el ambiente, dispuestos a saborear alguno de los excelentes productos de la cocina gallega. 
En esta ocasión daremos buena cuenta de una rica ración de pulpo, unos tiernos calamares a la plancha y unas zamburiñas al horno que resultaron estar deliciosas; todo ello por supuesto, acompañado de un frío ribeiro que completó una mañana magnífica.






 




















Un excelente broche final a una visita ya de por sí plenamente satisfactoria.

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