25 diciembre 2017

Parque Nacional de Isalo.



Son las 5,30 cuando me despierto. Me han sorprendido los extraños cantos que he escuchado durante la noche ya que la ubicación del hotel, en medio de las áridas tierras de Isalo, no parecía albergar demasiada vida animal. Imagino que se trataría de alguna especie de chotacabras, un extraño pájaro de hábitos nocturnos.
La temperatura no es mala a estas horas y salgo al exterior aún en pijama para ver cómo rompe el día en medio de aquel espectacular paisaje.
Las primeras luces iluminan las paredes rocosas bajo las que nos encontramos, ofreciendo un amanecer precioso.
A las 6,30 ya estamos desayunando el buffet que ofrece nuestro hotel y en el que no faltan los yogures, zumos, café, mermelada, mantequilla, pan, etc, etc... 










Llegamos a las oficinas del parque alrededor de las 7 de la mañana. Nuestro guía nos está esperando y ya tiene preparadas nuestras entradas por lo que sin más tardanzas, monta en nuestro coche y salimos rumbo a Mangily, lugar donde se inicia la ruta que hemos elegido para hoy.
Deberemos cruzar un río a bordo de nuestro coche para recorrer los tres kilómetros que  separan Ranohira de Mangily donde nuestro conductor, Gael, nos abandonará para posteriormente recogernos en otra zona del parque, al atardecer. Unos niños aparecen de la nada, regalándonos sus habituales sonrisas.





Isalo.
Parque Nacional de Isalo.  

Se accede desde la población de Ranohira y 250kms la separan de Toliara, desde donde se puede llegar en unas 4 horas por carretera.
Creado en 1962 y con una longitud de unos 60 kms de norte a sur y una anchura de aproximadamente 22 kms de este a oeste, este parque cuenta con una extensión de algo más de 80.000 hectáreas.

Sus características y bellas formaciones geológicas datan del Jurásico, es decir que se remontan a más de 150 millones de años. Las escarpadas paredes rocosas y sus profundos valles albergan a gran número de especies animales y vegetales, muchas endémicas de la zona.
En este territorio dominado por la etnia Bara, podemos encontrar alrededor de 400 especies de plantas, 77 de aves, 39 de reptiles y 14 de primates.


Mientras permanezcamos en el interior del parque, nos moveremos por altitudes que oscilan entre los 500 y 1300 metros.
Con un clima de tipo tropical seco, recoge de 800 a 1000 mm de lluvia anuales. La mayor parte de las precipitaciones tienen lugar entre Diciembre y Marzo y mientras que en Junio la temperatura media es de 17ºC, en febrero asciende hasta los 25ºC.
Su gran extensión y sus numerosos senderos permiten realizar rutas de varias semanas de duración.

  •     La entrada por un día cuesta 65.000 MGA ( 18-19€ )
  •     Dos días 110.000 MGA ( 31-32€ )
  •     Tres días 155.000 MGA ( 44-45€ )
  •     Cuatro días 200.000 MGA (57-58€ )
  •     Niños de 6 a 12 años 25.000 MGA ( 7-8€ ) por día.
Aparte deberás pagar los servicios de un guía que te acompañará en todo momento. Su precio dependerá del número de personas y de la duración del circuito.
Nosotros éramos 7 personas y pagamos al guía por una ruta de 6 horas 30.000 MGA ( 8-9€ ) cada uno. .



Nuestro recorrido.

Llegamos a Ranohira sin una idea clara de lo que queríamos hacer en el parque. Tras escuchar los consejos de los guías el día anterior, nos decantamos por hacer la ruta más habitual de todos aquellos que dedican solamente un día a este gran parque.
Haremos un recorrido de unas 6 horas por el parque que nos permitirá disfrutar de los principales atractivos del mismo. Su bella orografía nos ofrece espectaculares paisajes montañosos, anchos valles, cañones encajonados, cascadas, piscinas naturales y con un poco de suerte, tendremos la posibilidad de ver aves, reptiles y lemures.
Nuestro guía nos asegura que la ruta elegida nos permitirá tener una percepción bastante completa de todas las maravillas que encierra el parque. Nos sumergiremos entre las rocosas montañas, vistaremos varias piscinas naturales y también llegaremos hasta la cascada llamada de las Ninfas.




Comenzamos la ruta ascendiendo por un sendero no demasiado exigente pero que va ganando altura poco a poco. Un cuco malgache parece querer darnos su bienvenida a su territorio mientras el sol se va desperezando lentamente.
Llegamos a una pequeña planicie donde nuestro guía nos muestra una tumba provisional perteneciente a la etnia Bara. En este punto comienza a hablarnos de una ceremonia de la que ya teníamos conocimiento pero no por ello deja de sorprendernos: la famadihana, una peculiar celebración fúnebre malgache.


Famadihana
La Famadihana.

Este ritual fúnebre que siempre tiene lugar en la época seca y se celebra normalmente cada siete años, goza de gran importancia entre la población malgache. 
Se trata de un acto con marcado carácter festivo que consiste en desenterrar a sus muertos y llevarlos de vuelta a casa para hacerlos partícipes de una gran fiesta que puede llegar a prolongarse durante varios días.
Entre bailes y cánticos, los restos son transportados por familiares y amigos hasta su hogar, donde serán tratados como el invitado de honor de la fiesta. 
Se le cambiarán las vestimentas y se hablará con él con toda la normalidad del mundo, llegándole a pedir consejos, poniéndole al día de las novedades familiares y de todo lo que ha acontecido durante su ausencia.
Una vez finalizada la celebración, los cuerpos son devueltos a la tumba hasta el siguiente famadihana. Sólo una vez que el cuerpo se descompone por completo, se considera que entran en el mundo de los muertos y es entonces cuando sus restos serán trasladados a la tumba definitiva que al contrario de la primera, suele estar ubicada en lugares inaccesibles a los que en ocasiones tienen que acceder descolgandose a través de cuerdas. Dada la dificultad de esta tarea, en ocasiones suele costar la vida de quienes la realizan.
Cuando los restos son retirados de las tumbas provisionales, las familias suelen dejar los féretros vacíos en estas cuevas para que no sean utilizadas por nadie y tenerlas disponibles cuando fallezca otro familiar.

 
Tras la interesante charla sobre las costumbres funerarias malgaches, proseguimos la ruta hasta que no mucho más adelante, nuestro guía se para ante un arbusto y nos reta a descubrir los animales que asegura se encuentran en él. 
¿ Sois capaces de verlos ?




Pues sí, se trata de dos insectos palos dedicados a la multiplicación de la especie. Si seguís sin verlos, son los dos palitos en primer plano que forman un ángulo casi recto.

Las formaciones rocosas que comienzan a aparecer ante nosotros, me recuerdan a los hoodoos de Bryce Canyon, un precioso parque del oeste americano. 
Lo cierto es que el recorrido goza de una belleza indiscutible y una vez superadas las primeras rampas, discurre por un terreno muy asequible para cualquiera.
Las vistas al ancho valle de Isalo desde lo alto de las rocas resultan espectaculares.
No menos espectacular resulta el Pie de Elefante ( Pachypodium Rosulatum ), un arbusto que parece un árbol en miniatura y que está perfectamente adaptado a este tipo de terrenos. 








Mientras tanto, nuestro guía nos muestra curiosas formaciones rocosas que han sido bautizadas con diversos nombres que hacen alusión a su semejanza con los mismos.

El Lagarto

El Indio

En medio de este árido paisaje, súbitamente nos topamos con un auténtico oasis oculto entre las paredes de un cañón. El sol comienza a calentar y no dudamos en ponernos nuestros trajes de baño y darnos un chapuzón. 
Un sorprendido lemur de cola anillada nos observaba sin disimulo.





Nuestro guía nos advierte de que el próximo tramo acostumbra a ser el más duro porque deberemos atravesar una llanura exenta de árboles que nos dejará totalmente expuestos al sol abrasador.
Por fortuna para nosotros, unas nubes cubren el astro rey durante nuestro paso por la extensa llanura a la que nuestro guía denomina, infierno.
Estamos ya en la parte superior del Circo de Namaza y ahora toca bajar hasta una zona que suele ser utilizada para tomarse un descanso y aprovechar para comer algo. Si lo prefieres y avisas con antelación, te prepararán un picnic en una zona acondicionada para tal fin. Nosotros sólo hicimos uso de unas frescas cervezas que aceptamos con agrado para acompañar el embutido que llevábamos preparado.





Los lemures de cola anillada y de frente roja nos recibieron mientras correteaban por la zona de picnic en busca de algo que llevarse a la boca. Unas apetitosas brochetas de carne se asaban a las brasas y el olorcillo abrió nuestro apetito.





Nos acomodamos en unas rocas junto al río para disfrutar del almuerzo cuando unas gruesas gotas de agua comenzaron a caer sobre nosotros. Lo que en principio fue recibido con regocijo pronto se convirtió en un diluvio descontrolado.
En apenas unos minutos el terreno se inundó y nosotros quedamos totalmente empapados ya que no había ningún sitio para guarecerse. 
Aún nos quedaba por visitar la cascada ninfa y las piscinas negra y azul pero gran parte del grupo viendo que el chaparrón no cesaba decidió volverse al punto donde esperaba nuestro vehículo para devolvernos al hotel. 
Viendo el panorama, todos decidimos tomar el mismo rumbo pero cuando estábamos cerca ya del coche, paró de llover y el sol comenzó a asomar entre las nubes.
Preguntamos a nuestro guía si aún era posible dar la vuelta y llegar al menos hasta la cascada. Su cara no puede disimular que no le hace mucha gracia la propuesta pero finalmente accede. 
Parece que bien la comida o la caladura que ha recibido, no le ha sentado bien a nuestro guía y continuamente debe pararse a vomitar o al menos intentarlo. Los tres que hemos decidido ir hasta la catarata le decimos que no es necesario que nos acompañe ya que está bien señalizado y él nos puede esperar en la zona de picnic mientras trata de recuperarse pero insiste en venir con nosotros.

El camino ahora es llano y discurre en paralelo al río Namaza cuyas aguas invaden el sendero debido al volumen de agua caído. La vegetación se hace protagonista y el paisaje vuelve a cambiar radicalmente tiñéndose todo de verde.
No tarda en empinarse el sendero para ascender hasta la cascada de las ninfas. No se trata de una gran catarata pero el entorno donde se encuentra le confiere un encanto muy especial. Un bañito en la poza formada por la cascada pone fin a la excursión.






Ya no llueve y el sol vuelve a brillar por lo que nosotros hubiésemos continuado hasta las piscinas naturales que estaban un poco más adelante pero la salud de nuestro guía nos empezaba a preocupar seriamente. Sus gestos de dolor eran ostensibles, llevándose las manos a su tripa y emitiendo estruendosos sonidos intentando vomitar.
Decidimos volver cuanto antes al punto donde se encontraba nuestro coche y le propusimos la posibilidad de llevarle hasta un hospital pero nos dijo que la atención sanitaria en el pueblo era demasiado cara para él y no podía costearsela así que esperaría para ver si mejoraba. De lo contrario debería ir hasta la capital donde los costos hospitalarios nos aseguró que eran más bajos. Afortunadamente al llegar a la zona de picnic consiguió vomitar y su estado mejoró notablemente. Nos confesó que sufría del estómago y que en varias ocasiones le habían hospitalizado por ello.
Al llegar al coche le llevamos hasta Ranohira, le dimos una propinilla y tras su agradecimiento volvimos a nuestro hotel.

Habíamos hecho la subida hasta la cascada Ninfa bastante rápido para llegar con luz suficiente y estábamos un poco cansados además de totalmente calados pero definitivamente y a pesar de no llegar a ver las dos últimas piscinas naturales, la visita a Isalo había cubierto sobradamente nuestras expectativas.
Quizás nos hubiese gustado ver más fauna pero tampoco nos podíamos quejar. Lagartos, lemures, insectos palo, enormes saltamontes, algunas aves y un extraño insecto que parecía una planta nos acompañaron a lo largo del recorrido.







 

Una vez en nuestro hotel, unas cervecitas, un bañito en la piscina y un ratito de relax mientras esperábamos la cena, nos devolvieron al paraiso.
Mientras nos secábamos al sol con una fresca cerveza en la mano, extendimos el mapa sobre unas mesas y estudiamos la ruta a seguir durante la jornada de mañana. Queríamos llegar hasta Toliara pero antes queríamos visitar de camino el Parque Nacional de Zombsite y el arboretum de Antsokay.
Gael, nuestro guía, dio el visto bueno a nuestros planes y aseguró que eran factibles.




El sol se había ocultado tras las paredes rocosas que rodean nuestro hotel hacía ya un rato, cuando nos invitaron a pasar al comedor cuando quisiéramos. 
Nuestra cena estaba lista.
Tras la cena nos conectamos al wifi de nuestro hotel para tomar contacto con el mundo exterior y dar señales de vida a nuestros amigos y familiares.
Afortunadamente nadie buscó información actualizada sobre Madagascar porque de haber sido así, con toda seguridad las noticias hubieran creado entre el grupo una inquietud a la que permanecíamos ajenos gracias a nuestra ignorancia. 
Pero bueno, esa es otra historia de la que sólo fuimos conscientes el último día de nuestra estancia en Madagascar.... 


La ruta de la jornada. 

El tramo entre los dos marcadores rojos, es el realizado a pie.



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