15 abril 2018

Antananarivo, final de un viaje.


Hoy es nuestro último día en Madagascar pero nos queda todo el día por delante ya que nuestro vuelo sale pasada la media noche, más concretamente a la 1,05.
Nos levantamos sin prisas, a las 8 de la mañana para juntarnos todos en la minúscula recepción de nuestro hotel, el Palm Hotel, donde desayunamos tranquilamente.
Mientras desayunamos, decidimos los planes para la mañana. Mientras los más fervientes fans de la fauna optamos por acercarnos hasta el zoo más grande de Antananarivo, el de Tsimbazaza, otros prefieren acercarse hasta el Marché Artisanal Digue, un famoso mercado artesanal donde hacer las últimas compras antes de regresar a casa.
Así pues, montamos todos en el coche para que Erik nos lleve hasta el zoo y posteriormente acercará al resto hasta el mercado.

Al llegar a las puertas del zoo, nos despedimos del resto del grupo y pagamos los 10.000 ariaris ( unos 3€ ) que cuesta la entrada. Erik vendrá a buscarnos dentro de dos horas para llevarnos después al mercado donde nos reuniremos todos de nuevo.

El zoo se encuentra en el barrio de Tsimbazaza ( Rue Fernand Kasanga ) y se encuentra abierto durante todos los días del año.
Desde que los franceses fundaron en 1925 el Parque de Tsimbazaza, éste ha experimentado sucesivas transformaciones hasta llegar a ser el Zoo de Tsimbazaza, el más grande de la ciudad.
Hoy en día se ha convertido en un lugar muy frecuentado por los locales gracias a los bonitos paseos que ofrecen sus jardines y su lago central.


  
Lémures diurnos y nocturnos, serpientes, camaleones, ranas, aves, camellos, jabalíes, insectos, fossas, etc,etc son algunos de los animales que podremos admirar en sus instalaciones. Además de los animales encerrados en sus correspondientes jaulas, numerosas aves se acercan hasta sus árboles alrededor del lago para descansar y reproducirse.
A pesar de que el zoo se encuentra un tanto abandonado, es de admirar el esfuerzo que realizan muchos malgaches para mantener mínimamente presentables las instalaciones pese al bajo presupuesto con el que cuentan.








Durante dos horas permanecemos visitando las distintas instalaciones del zoo descubriendo los animales que albergan. También descubrimos unas rústicas barracas manuales donde los niños se divierten.






La visita no es sencilla ya que no está muy bien señalizado pero poco a poco vamos descubriendo todos los rincones. El lago que baña sus jardines está poblado con gran número de aves que han hecho de este recinto su hogar.
Cuando llegamos a la zona donde se encuentran los lemures, disfrutamos viendo muchas especies que no habíamos visto en libertad aunque lamentamos no poder ver al escurridizo aye aye que no da señales de vida.






Sobre las 11,30 salimos del zoo donde nos espera Erik para llevarnos hasta el mercado artesanal Digue y reunirnos de nuevo con el resto del grupo. Este mercado se encuentra en la carretera que va al aeropuerto y es muy visitado por los turistas para realizar las últimas compras antes de abandonar el país. Allí se pueden encontrar todo tipo de trabajos artesanales además de productos típicos malgaches como la canela, la vainilla y otras muchas especias.




Tras las compras de rigor y los regateos pertinentes, es hora de reponer las energías perdidas por lo que decidimos volver al restaurante Sakamanga, cerca de nuestro hotel.
Nuestra estancia en Madagascar está finalizando y aún tenemos bastantes ariaris en nuestros bolsillos así que decidimos pegarnos un buen homenaje en este coqueto restaurante que combina platos malgaches con otros de clara influencia francesa.
Acompañamos la comida con unas botellas de vino, postres y cafés en lo que supuso seguramente, una de las mejores comidas del viaje.





Una vez acabamos nuestro homenaje gastronómico, Erik nos comunica que su jefe le ha llamado para decirle que debe entregar el coche a las 6 de la tarde. Una vez más parece que no dan demasiada importancia a los contratos aceptados por ambas partes ya que acordamos que nuestro conductor estaría con nosotros hasta que a las 10 nos dejara en el aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a casa.
Lo que más nos llama la atención es que saben que aún debemos pagar la mitad del alquiler pero aún así intentan que aceptes el incumplimiento del alquiler del coche. Como ya nos ocurrió con el otro coche que alquilamos en la primera etapa del viaje, le dijimos a Erik que si su jefe daba por finalizado el alquiler del coche a las 6 en vez de a las 10 como reflejaba nuestro contrato, descontaríamos del pago pendiente los gastos derivados por el uso de taxis desde las 6 hasta que finalmente nos dejaran en el aeropuerto. Tras numerosas llamadas, el tema se volvió a solucionar.

Solucionado el pequeño contratiempo volvemos al hotel para recoger todo nuestro equipaje y cargarlo en la furgoneta. Pasamos la tarde recorriendo la parte alta de la ciudad a la que nos desplazamos en nuestro vehículo y desde donde se puede disfrutar de unas excelentes vistas a la ciudad.





Allí se encuentra también el Palacio de la Reina.
Situado en lo alto de la colina más elevada de Antananarivo, sirvió de residencia a los reyes desde el siglo XVII al XIX hasta que en 1995 un incendió destruyó casi todas las dependencias del complejo palaciego.
La reina Ranavalona I ha pasado a la historia como una de las soberanas más crueles de todos los tiempos por lo que fue apodada como la reina cruel. Sus torturas y asesinatos no tardaron en extenderse a lo largo de todo el país y su fama traspasó incluso las fronteras. Tras una vida marcada por sus múltiples y malévolas actuaciones contra franceses, cristianos, rivales políticos e incluso familiares y amantes, murió a los 80 años con millones de vidas a sus espaldas.



 




 












Tras recorrer la parte alta de la ciudad hasta que las últimas luces del día nos abandonaron, nos pusimos en contacto con una malgache que tenía un local de jazz del que nos habían hablado positivamente, el Fare West Bar.
Erik nos llevó hasta el apartado rincón de la ciudad donde se encontraba este curioso local donde pasamos nuestros últimas horas en Tana.
A nuestra llegada el local se encontraba vacío pero no tardó en abarrotarse en medio de un ambiente familiar en el que todos parecían conocerse.
Unas cervezas y algo para picar pusieron el punto final a nuestro viaje, amenizado por una actuación musical en directo que hizo las delicias del grupo. Un bonito broche final.





Sobre las 10 de la noche, con el local en plena efervescencia, abandonamos el lugar para dirigirnos al aeropuerto donde nos despedimos de nuestro conductor y cambiamos los ariaris que nos han sobrado.
Unos niños se acercan para pedirnos que les cambiemos unas monedas de euro ya que en los bancos no se los cambian. Nos muestran varias monedas de dos euros y de euro y nos piden el equivalente en ariaris pero tras darles los billetes y al comprobar las monedas que nos han dado, vemos que nos han timado. Sin darnos cuenta y a la velocidad de un rayo, han cambiado el puñado de monedas de uno y dos euros por monedas de 10 y 20 céntimos.
Entre el cabreo de unos y las risas de otros, nos retiramos hacia la zona de embarque tras pasar unos controles sanitarios donde nos tomaban la temperatura para comprobar si teníamos fiebre. Imaginamos que todo esto vendrá ocasionado por la epidemia de peste que está castigando al país a la que permanecimos afortunadamente ajenos durante todo el viaje.


Nuestro paso por tierras malgaches había finalizado. 

Su rica biodiversidad, sus amenazadas selvas, su rica gastronomía, su música, sus idílicas playas y sobre todo, las enormes sonrisas de sus gentes a pesar de las duras condiciones de vida que soportan, han marcado una experiencia que sin duda nunca olvidaremos.

Recorrido de la jornada:




Capítulo anterior: De Andasibe a Tana

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