08 junio 2018

De Sofía a Trigrad, una auténtica aventura.

Como ya viene siendo costumbre, sea cual sea nuestro destino final, a las 6,50 teníamos una cita en el aeropuerto. En esta ocasión volaríamos a Sofía con una escala previa en Frankcfort
Lo primero que hicimos al llegar al aeropuerto búlgaro fue poner en hora nuestros relojes ya que los debíamos adelantar una hora. Eran las 13,22 en Sofía.
Mientras esperábamos nuestro equipaje aprovechamos para cambiar 400€ a la moneda local, el LEV, en un banco del aeropuerto. No suele ser el mejor sitio para hacerlo ya que los cambios no suelen ser muy favorables pero necesitábamos algo de dinero para este primer día. El cambio fue de 1€ = 1,86 LEV.
Habíamos reservado un coche a través de rentalcars y con el objeto de recibir las llaves nos acercamos hasta la ventanilla que la agencia Alamo posee en el mismo aeropuerto. 
Hemos reservado en varias ocasiones con rentalcars y hasta el momento nos ha ido bien así que nuestro única condición para alquilar el coche con ellos es no utilizar nunca la agencia AVIS con la que tuvimos graves problemas en EEUU.
Hemos alquilado un Suzuki S-Cross o similar con seguro a todo riesgo durante 9 días con recogida y entrega en el aeropuerto por 330$.



Una vez recogido nuestro equipaje y las llaves de nuestro flamante Suzuki, pusimos nuestro GPS en funcionamiento y comenzamos nuestro recorrido por tierras búlgaras.
Nuestro primer destino es la localidad de Trigrad, en los Ródopes occidentales, donde hemos reservado alojamiento para pasar esta primera noche. Pusimos en nuestro GPS la dirección y nos dejamos llevar despreocupadamente. Craso error!!!
Todo iba bien mientras nos desplazamos por la autovía que nos dirigía al este pero cuando comenzamos a bajar hacia el sur, no teníamos muy claro por dónde nos estaba llevando nuestro GPS. Ante las dudas generadas, optamos por parar en una gasolinera y comprar un mapa por si acaso.
Es importante tener en cuenta que si te sales de las vías principales, las señalizaciones son escasas y defectuosas y en algunas zonas sólo hay señalizaciones en cirílico, lo que complica aún más el tema.



La verdad es que nunca había tenido problemas con el GPS en ningún lugar del mundo y siempre me había servido de gran utilidad así que en principio no me preocupaba demasiado por dónde nos llevaba.
Realmente no me preocupé hasta que la carretera empezó a estrecharse, el asfaltado dejaba mucho que desear y de pronto nos vimos encajonados entre verticales paredes de roca a través de las cuales solo pasaba un pequeño río y la estrecha carretera por la que circulábamos.
Apenas se ocultó el sol, el termómetro comenzó a caer en picado hasta llegar a los -4ºC. La carretera se empezó a helar y las dudas se adueñaron de todos los ocupantes del coche.



Habíamos visto las señales que indicaban la existencia de un pueblo un poco más adelante así que decidimos seguir hasta allí para decidir tranquilamente si seguíamos por aquella carretera.
Cuando llegamos a Lilkovo, que así se llamaba el pueblo, nos quedamos helados. Todo se reducía a una pequeña aldea con cuatro casas y dos bombillas iluminando la noche cerrada entre bosques y montañas.


Sacamos el mapa bajo una farola cuya luz apenas llegaba hasta nosotros y comprobamos dónde nos encontrábamos. 
No resultó una tarea fácil porque el pueblo era minúsculo y además no tenía ninguna lógica nuestra posición teniendo en cuenta dónde íbamos. 
Por qué nuestro GPS nos mandó por allí es algo que nunca entenderé.
A pocos kilómetros teníamos una carretera principal que nos bajaría hasta Trigrad pero para eso debíamos seguir adelante, algo que no teníamos muy claro pero que finalmente decidimos intentar.
Apenas salimos de Lilkovo, la estrecha y maltrecha carretera se convirtió en una pista de barro, hielo y nieve que amenazaba con dejarnos atrapados en cualquier momento. Estábamos en un barrizal por donde no pasaba nadie, el pueblo más cercano no tendría más de una docena de habitantes y nuestros teléfonos no tenían cobertura. Ya no teníamos dudas, había que dar la vuelta inmediatamente antes de que fuera tarde; es más, nos temíamos que ya lo fuera porque si parábamos en aquel engrudo de hielo y barro era posible que nos quedáramos atrapados sin remisión.
Por fortuna conseguimos encontrar un sitio para dar la vuelta y con los dedos cruzados comenzamos a desandar el camino andado.
Una vez en Lilkovo, comprobamos que había un hotel con lo cual pensamos que en el peor de los casos, tendríamos una cama donde dormir.
Sacamos de nuevo el mapa y buscamos la ruta más corta hasta Trigrad pero esta vez siguiendo siempre las carreteras principales. No sabíamos si podríamos llegar a tiempo o deberíamos dormir por el camino....

A las 21,30 llegábamos a nuestro hotel. 
Un viaje de 3 horas y media se había convertido en una tortura de 7 horas gracias a nuestro GPS. 
De aquí en adelante el mapa tomará protagonismo.
El Trigrad Hotel Retreat and Wellness resulta ser un local bastante acogedor regentado por tres mujeres mayores que sólo hablan búlgaro. Solamente una de ellas, que luce un imponente bigote, chapurrea un poco de inglés. Ella es la encargada de acompañarnos hasta nuestra habitación triple y de responder afirmativamente a nuestras súplicas para que nos preparase algo de cenar.

 



 










Después del largo viaje y los malos ratos pasados, estar allí confortablemente sentados con una ensalada y una parrillada de carne y verduras en la mesa, nos parecía un lujo impagable. 
La rica cena acompañada de una botella de vino de la zona y rematada con un maravilloso y abundante yogurt búlgaro, nos pareció un auténtico banquete por el que pagamos 70 levs ( unos 37€ ) para los tres. Por la habitación pagamos 47,85€.
Mañana será otro día.....


Capítulo anterior: Mi viaje a Bulgaria. De pajareo.

Próximo capítulo: Trigrad. Bulgaria

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