25 junio 2018

Trigrad. Bulgaria.


Cuando me despierto, observo que estoy sólo en la habitación. Mis dos compañeros han salido a la terraza con el " tele " y los prismáticos para explorar las paredes rocosas que se encuentran frente a nuestra habitación. Lo único que logran descubrir es un rebeco descansando sobre una roca a bastantes kilómetros de distancia.
Los tejados y los campos están blancos, recubiertos de una considerable capa de hielo que revela una noche más que fría. Con las manos y rostros congelados, mis compañeros entran de nuevo a la habitación tratando de entrar un poco en calor antes de bajar a desayunar. 
No tenemos muy claros los planes para hoy por lo que aprovecharemos para tomar alguna decisión mientras desayunamos. El desayuno no está mal, hay un pequeño buffet sobre una mesa donde no faltan los dulces, algo de fruta, embutido, pan, café y por supuesto, yogurt. Hoy no está la mujer que nos atendió ayer y con la que nos conseguimos comunicar a duras penas ; hoy la comunicación se torna imposible porque las empleadas sólo hablan búlgaro. 
Estos pequeños problemas lingüísticos dan lugar a situaciones curiosas con las que acabas haciendo unas buenas risas. En esta ocasión, me acabé tomando un café con yogurt pensando que me estaba echando leche. Ante mi pregunta sobre si aquella jarra contenía leche, una de las mujeres me contestó con la mejor de sus sonrisas, " YES ". Cuando vi sus caras al verme echar el contenido de la jarra al café, fui consciente de que algo no iba bien. Un trago de mi taza confirmó mis temores ante las disimuladas risas de las mujeres y las carcajadas de mis compañeros. 
De cualquier forma, nos metimos un buen desayuno. Los crepes con miel y mermeladas caseras y los distintos yogures que probamos, nos conquistaron de inmediato. 
Con la tripa bien llena volvimos a la habitación para coger el tele, las cámaras fotográficas y ropa abundante para protegernos de la temperatura que nos esperaba ahí fuera. 

Nos encontrábamos en Trigrad, una remota localidad ubicada en los Ródopes occidentales, cerca de la frontera griega. 
Además de su riqueza natural y paisajística, este enclave situado a más de 1200 metros de altitud es también conocido por los numerosos hallazgos arqueológicos que muestran la existencia de asentamientos tracios desde hace miles de años. Se calcula que éstos habitaron la zona desde el tercer milenio A.C hasta el siglo III A.C. 
Sus míticas leyendas y su creencia en la inmortalidad, han dejado profunda huella en las tradiciones de Trigrad. El 7 de Agosto celebran los misterios órficos siendo ésta, una festividad muy famosa en el país. 
Es precisamente en la Garganta del Diablo, una cueva cercana al pueblo, donde se considera que el mítico héroe tracio Orfeo, entró en contacto con el reino de Hades en busca de su amada Eurídice

Nuestro recorrido a pie.


Nosotros no pretendíamos llegar tan lejos y nos conformaríamos con disfrutar de los bellos parajes que nos rodeaban. 
Cuando llegamos ayer por la noche al pueblo, apenas pudimos adivinar la belleza del lugar así que hoy queríamos ver a plena luz del día los estrechos pasos que atravesamos ayer a la luz de la luna. Bajamos el coche al parking de la cueva más famosa de la zona, la Garganta del Diablo, y lo dejamos allí para recorrer a pie la espectacular carretera que permite el acceso a Trigrad



 
El río Chairski fue nuestro compañero de viaje hasta que decidimos dejar la carretera para adentrarnos por una pista forestal que se adentraba en los Ródopes. Nos encontramos en una importante zona osera pero como ya habíamos imaginado, en estas fechas ya no se organizaban actividades encaminadas a su observación. 



De todas formas, con la fauna nunca se sabe y no perdíamos la esperanza de que algún ejemplar despistado se dejara ver a pesar de las gélidas temperaturas de esta época del año. Nuestras ilusiones se dispararon aún más cuando en un tunel de la carretera hallamos las huellas de un ejemplar de oso joven que había pasado por allí no hacía demasiado tiempo. 
Durante todo el recorrido nos mantuvimos atentos a rocas y praderas en busca de los ansiados plantígrados pero no hubo fortuna. Tan sólo un águila real y los numerosos mirlos acuáticos que pueblan el río Chairski, se dejaron ver sin dificultad. 









 
Ya de vuelta en el párking donde teníamos el coche y tras recuperar fuerzas con unos bocadillos que preparamos allí mismo, decidimos los planes para la tarde. Queríamos acercarnos hasta un mirador conocido como The Eagle´s Eye pero realmente no sabíamos si se podía ir hasta allí en coche o deberíamos hacer el último tramo andando. Suponíamos que el mirador estaría en un alto que permitiría buenas vistas con el telescopio para intentar descubrir la fauna de la zona pero no teníamos nada claro. 
No hay demasiada información de esta zona y pretender enterarte allí de algo, es una tarea casi imposible a no ser que domines el alfabeto cirílico o el idioma búlgaro. 
Sin tenerlo muy claro, nos dirigimos en coche hacia donde suponemos que se encuentra el Ojo del Aguila, hasta que al llegar a un cruce nos sale a la carretera un hombre con un uniforme que parece militar y que ha salido de uno de los todoterrenos que se encuentran aparcados en el arcén. 
Por supuesto habla un perfecto búlgaro que no acertamos a entender. Llevamos 5 minutos hablando y no sabemos si nos está diciendo que la carretera está cortada, si nos está pidiendo la documentación o si nos está preguntando la hora. 
Finalmente, nuestro interlocutor opta por pedir ayuda a otro compañero que sale de otro coche para intentar comunicarse con nosotros y a pesar de que no lo consigue, nos sirve para tomar conciencia de que no son militares. 
De pronto hace un gesto como si se le hubiera ocurrido una gran idea y nos invita a seguirle hasta su coche cubierto por el barro de arriba a abajo. Con un trapo limpia la puerta y podemos ver un dibujo que representa un mirador suspendido en el aire y una leyenda : "Орлово Око" . 
No me lo puedo creer, esa es la traducción de The Eagle´s Eye y lo sé porque lo he visto en un mapa. Entre señas, risas y balbuceos nos dicen que sólo se puede subir en 4X4 y negociamos el precio por la excursión. Tras los regateos de rigor, nos dice que tardamos media hora en llegar al mirador, media hora en volver y nos ofrece estar arriba otros 30 minutos. Le preguntamos si puede ser una hora arriba y acepta. 
Le pagaremos 60 levs, unos 30€. 
Salimos como un rayo hacia nuestro destino y no tardamos en divisar a lo lejos, en las alturas, el diminuto mirador que domina las montañas. 


Nuestro conductor nos lleva a toda velocidad pero al menos la carretera es bastante aceptable hasta llegar a la pequeña localidad de Yagodina. Allí la conducción se convierte en toda una aventura al límite. Jamás pensé que un coche pudiera subir por unas laderas tan empinadas. Nuestro conductor no para de reirse a carcajadas y gritar indescifrables palabras que nadie entiende mientras parece llevarnos por los lugares más increibles y complicados. 
No se puede explicar la experiencia, simplemente hay que vivirla. 

Una vez arriba, las vistas son excelentes y se divisa Trigrad, Pirin, Grecia, etc. Dedicamos el tiempo a otear con el " tele " las montañas que nos rodean y a sacar unas fotografías del lugar. Descubrimos un halcón peregrino que ha cazado un pajarillo y posado en lo alto de una roca lo va desplumando y despedazando para no dejar ni un sólo trozo sin devorar. 
El tiempo vuela y sin apenas darnos cuenta, ha llegado el momento de volver. Sinceramente, no las tengo todas conmigo viendo el recorrido que hemos seguido para llegar hasta allí y sólo de pensar en la misma ruta pero bajando, se me encoje el corazón. En una palabra, estoy un poco " acongojado ". 






Afortunadamente no volvemos por el mismo sitio y a pesar de que llegamos a ponernos sobre dos ruedas en algún momento de la bajada, llegamos sanos y salvos a nuestro coche. Nuestro conductor se sigue riendo y gritando palabras cuyo significado hemos aprendido perfectamente : cuidado, agarraros, barro.... 
Sin lugar a dudas está completamente loco pero lo hemos pasado bien. La adrenalina todavía fluye a borbotones por mis venas... 

Las últimas luces del día se van apagando y la temperatura comienza a descender de forma notable por lo que decidimos regresar a Trigrad
Nos sorprende encontrarnos a dos chicas haciendo dedo en la carretera pero imaginamos que se dirigen a Trigrad por lo que paramos para acercarlas hasta allí. Resultan ser dos chicas francesas que están de erasmus y estudian sociología y antropología. Buscan un sitio para dormir y les decimos que les podemos llevar hasta nuestro hotel para que preguntaran si tenían algo libre ya que el otro que conocíamos, el Horlog, estaba completo. Allí les dejamos.


Es pronto para cenar por lo que hacemos una parada en el hotel Horlog Castle para tomar una cerveza pero el local se encuentra lleno de gente cenando por lo que seguimos ruta hasta el pueblo donde encontramos una pequeña taberna cuyo dueño nos recibe con indisimulada cara de sorpresa. No resulta sencillo hacerle entender que queríamos tres cervezas pero finalmente lo conseguimos. Felices por descubrir que pivo significa cerveza en búlgaro, brindamos por nuestro primer día en Bulgaria
Son las 6,30 y aunque es noche cerrada, nos parece un poco pronto para cenar así que buscamos otro lugar donde poder tomar una cerveza antes de ir a cenar. No hay demasiado donde elegir pero conseguimos encontrar otro pequeño bar restaurante donde nos volvemos a encontrar con las chicas francesas que nos dicen que finalmente han tenido que buscar otro sitio para dormir porque nuestro hotel estaba lleno. 
Tras una breve charla, salimos hacia el hotel Horlog donde cenaremos unas papas fritas con queso, chuletillas de cordero, filete, pollo con setas y unas curiosas hamburguesas. Todo ello con una botella de vino de la tierra y dos postres nos sale por 83 levs, algo más de 40€. 
Son ya casi las 10 y volvemos al hotel a dormir.

Ruta en coche de la jornada. 



Capítulo anterior: De Sofía a Trigrad, una auténtica aventura

Próximo capítulo:De Trigrad a Madzharovo.

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