18 enero 2015

Parque Nacional Tijuca.



Si hablamos de playas como Ipanema o Copacabana, del Cristo del Corcovado, del Pan de Azúcar o del mismísimo Maracaná, sería difícil encontrar a alguien que no supiese de qué ciudad estamos hablando. Sin embargo, si dijéramos que hemos ascendido al Pico Tijuca, el punto más alto del Parque Nacional Tijuca, con toda seguridad muy pocos serían capaces de ubicar nuestra localización.

Así es, a pesar de que con sus 3300 hectáreas es considerada la selva urbana más grande del mundo y ser declarada Reserva de la Biosfera en 1991, muy pocos visitantes se aventuran a realizar alguna de las numerosas rutas con las que cuenta el parque y que permiten disfrutar a fondo de las exuberantes características de la mata atlántica, de su fauna y de unas grandiosas vistas de la ciudad.

Como ya habreís adivinado, nos encontramos en la ciudad brasileira por excelencia en la que los carnavales, el fútbol, el Cristo o sus bellas playas y sus esculturales playistas pugnan en dura lucha por erigirse en el principal atractivo de la ciudad: Río de Janeiro.

Pero como ya he comentado, hoy quiero centrarme en esa gran selva que se alza a espaldas de la ciudad y que contribuye notablemente a mantener la buena salud de la misma. Las laderas más cercanas a la urbe se encuentran colonizadas por miles de favelas que se empeñan en poner de manifiesto las grandes desigualdades sociales, algo demasiado habitual en las grandes ciudades.

Con la llegada de los portugueses allá por el siglo XVI, grandes extensiones de selva fueron devastadas para la explotación de madera y el cultivo de azúcar y café pero no tardaron en comprobar las fatales consecuencias de la deforestación al sufrir numerosas inundaciones y el inevitable deterioro de los recursos acuíferos que suministraban agua a la ciudad. 
Fue por ello por lo que decidieron repoblar de nuevo la zona con especies autóctonas, algo que consiguieron con notable éxito ya que hoy en día la mata atlántica se encuentra totalmente recuperada.

A día de hoy el parque cuenta con numerosas rutas, cuevas, cascadas y miradores e incluso el mismísimo Cristo Redentor se encuentra inmerso en el mismo.



No queríamos dejar pasar la ocasión de hacer un pequeño recorrido por este pequeño paraíso verde así que tras un buen desayuno y proveernos de agua suficiente, paramos un taxi y le indicamos que queríamos ir al Parque de Tijuca
No resultó sencillo ya que el taxista no conocía el lugar y tuvo que preguntar en repetidas ocasiones antes de llegar a Bom Retiro, una de las entradas al parque.

En una pequeña tienda conseguí un plano básico de la zona que al menos me ayudó a hacerme una idea de dónde me encontraba. 
Un poco más adelante se encuentra un centro de visitantes donde me informaron de las posibles rutas a realizar y donde me aconsejaron hacer la que me llevaría hasta el Pico Tijuca, la máxima cota del parque con sus 1024 metros de altitud.

La cascada Taunay, una caída de unos 30 metros, es una de las paradas obligatorias en esta zona del parque, antes de adentrarse en la densa foresta por donde discurre el sendero que nos lleva a Pico Tijuca.


 





















Justo en ese punto, nos encontramos con una silla y una mesa con un gran libro encima. Al principio pensamos que se trataba de un libro de visitantes pero de pronto apareció un policía que se apresuró a preguntarnos nuestros nombres y la ruta que pensábamos hacer. Ante nuestra cara de asombro nos explica que es un simple control para saber quien se adentra en la selva por si se diera el caso de accidentes o extravíos. 
Nos parece excesivo pero tras darle el nombre y la ruta planeada comenzamos una ascensión que se hace durilla debido al calor, la pendiente y sobre todo, a la terrible humedad tan típica de las selvas tropicales. 
A pesar de todo, logramos atravesar la jungla a través de la densa vegetación mientras los lagartos, las mariposas y multitud de insectos salen huyendo a nuestro paso. 
El último tramo es casi vertical y unas gruesas cadenas ayudan a superar los escalones horadados en la roca ya muy próximos a la cima.


Una vez arriba, una densa bruma estropea un poco las grandiosas vistas a una ciudad que se rinde a nuestros pies. Aún así podemos ver todo Río con el emblemático estadio de Maracaná en el centro.

Un pequeño y confiado ratón nos entretiene mientras nos recuperamos del esfuerzo antes de emprender el camino de vuelta.



El descenso se desarrolla sin ningún tipo de incidente y al llegar a la cascada de Taunay decidimos comer en un restaurante cercano. Una hermosa ensalada y una chuleta con arroz, farofa y patatas con sus correspondientes cervezas y cafés, logran que nuestra reserva de energías vuelva a estar completa.
Ya sólo queda volver a la civilización por lo que preguntamos si hay transporte público desde allí. Muy amablemente nos indican dónde para y el número del autobús que debemos tomar para llegar hasta Ipanema.
La bajada en bus por una carretera infernal a toda velocidad, consigue que vaya literalmente volando en el interior del autobús durante todo el trayecto . Toda una experiencia!!!

En Barra debemos bajarnos para tomar otro autobús pero la parada se encuentra en una zona marginal en la que inmediatamente nos convertimos en el centro de todas las miradas; no es extraño, somos los únicos guiris. Afortunadamente nuestro autobús no tarda en llegar y montamos rápidamente para abandonar cuanto antes aquel lugar.
El tráfico es caótico y permanecemos durante interminables minutos en el interior de un túnel atrapados en medio de un colosal atasco. El viaje se estaba eternizando por lo que cuando llegamos a Leblón, territorio ya conocido, bajamos del autobús y nos fuimos paseando hasta Ipanema.

Las bellas playas de Río, que pocas horas antes habíamos admirado en silencio desde el Pico Tijuca, inmersos en la selva tropical, se encontraban ahora al alcance de nuestra mano en medio del típico bullicio que se respira en las calles de la ciudad.
Dos realidades muy distintas a apenas unos kilómetros de distancia....

2 comentarios :

Tawaki dijo...

Hace ya algunos años, comentaba con unos brasileños que deberían hacer más publicidad de su país. Apenas si lo dividimos en playas y selva, cuando lo cierto es que tiene muchas cosas que merecen ser conocidas.

aitor aitor aitor dijo...

Brasil es todo un continente pero lo cierto es que lo que la mayoría de la gente conoce, son sus playas y su música cuando en realidad encierra increibles maravillas.
Saludos.