El día amaneció envuelto en una luz suave, de esas que transmiten serenidad y parecen susurrarte al oído agradables promesas. Todo parecía indicar que sería una jornada especial pero quizás sólo fuera mi deseo personal de que lo fuera.
En el porche de nuestra cabaña, entre abetos y cedros, tomé aire profundamente y disfruté al máximo de aquel aire con olor a humedad, musgo y sal marina.
Mis compañeros pronto se despertaron y se pusieron manos a la obra con las tareas cotidianas. Un desayuno variado nos congregó a todos alrededor de la mesa, donde compartimos comentarios llenos de entusiasmo sobre la posibilidad de avistar osos negros durante el día. Nos habían asegurado que muy cerca había un lugar ideal para ello, aunque algunos, con cautela, preferían no alimentar demasiado las expectativas por si la suerte no nos acompañaba.







